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El gran Astarloza

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Si dejamos de un lado la Liga de los hombres extraordinarios, advertirmos que en el Tour también se disputa una competición entre ciclistas notables, más vulnerables que aquellos que les preceden en la general, pero tan valerosos como ellos y, en ciertas ocasiones, portadores de esa rara condición que llamamos clase. Astarloza es uno de esos corredores. Y si su victoria nos alegra tanto es, al margen del paisanaje, porque reconoce la división de los campeones humanos, de las figuras sin gol.

Hasta ayer, Mikel Astarloza tenía un palmarés que hacía necesaria una explicación. Ante la escasez de victorias (sólo dos), para entender su dimensión deportiva era obligado recurrir a la literatura y mencionar su protagonismo en carrera, sus escapadas y su presencia constante en los momentos relevantes. El problema es que el público sólo atiende a los números y las fotos, y la historia, demasiadas veces, también.

Por eso resultaba tan importante que Astarloza ganara una etapa del Tour: por la fotografía, por la estadística y por la justicia divina. Y porque algo se ordena en el universo cuando los esfuerzos son correspondidos y cuando ganan los buenos además de los mejores. Pero el triunfo de Astarloza no es sólo un éxito individual. De la victoria participa en idéntica medida el equipo Euskaltel Euskadi, creado hace 15 años y consolidado ya como un fabuloso anuncio de la pasión de los vascos por el ciclismo.

Ahora es mucho más. El equipo que nació con humildad en 1994 se ha convertido en el único representante español en el Tour. Y aunque la ausencia de patrocinadores nacionales resulta preocupante, el comportamiento de Euskaltel es para sentirse orgulloso. Para resumirlo en doce palabras: sus ciclistas no se pierden una aventura y no se rinden jamás.
Marea naranja.

Así sucedió ayer, como tantas veces. Pellizotti fue el instigador de una fuga masiva y el Euskaltel se apuntó al viaje. Lo hizo porque está en su sangre y porque todavía escuece que a Egoi le hayan arrebatado el maillot de los puntos rojos. Pellizotti, precisamente. El caso es que de cada metamorfosis que sufría la carrera surgía un corredor de naranja: Verdugo, Amets, Antón, Egoi… Astarloza.

Mientras Mikel avanzaba junto a Pellizotti y compañeros variados, el Tour se sacudía por detrás. La magnitud del temblor no reventó la escala de Richter, pero agitó las ramas de los árboles. En la ascensión al segundo puerto, a 36 km de meta, Andy Schleck culminó el trabajo de su equipo con un ataque de sioux. Le respondieron Contador, Wiggins, Klöden, Nibali y el hermano Frank. El resto de favoritos se descolgaron, incluidos Armstrong y Sastre, y su desventaja alcanzó muy pronto los 50 segundos.

Entonces ocurrió lo inesperado. Cuando lo dábamos por muerto, Armstrong se levantó como en los viejos tiempos y empezó a bailar la bicicleta para ir rebasando caracoles hasta atrapar al grupo del líder. La estupefacción general frenó el ritmo y permitió la llegada de otros heridos, como Sastre o Vande Velde. Sólo el joven Tony Martin reventó por el camino.

El escarceo confirma que Armstrong es un milagro con piernas y que Astaná, a día de hoy (por ayer), sólo piensa en Contador: quedó claro tras la actitud de Klöden, que abandonó al americano a su suerte.

Por delante, la emoción. Astarloza era cabeza de carrera junto a Pellizotti, Mainard y Van den Broeck. Después de intentarlo en el descenso, les burló a dos kilómetros de la meta. Lo que gritó al cruzar la pancarta sólo se puede reproducir (y disculpar) si ganas una etapa del Tour. Fue, por lo demás, una llegada hermosa y heroica.

Y hoy, más montañas. Contador avisa del peligro y creo que habla de sus pistolas.

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