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Por 22 centésimas

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Empatado a tiempo con Cancellara (10 horas, 38 minutos y 7 segundos), Lance Armstrong no alcanzó, cuatro años después, el liderato del Tour por 22 centésimas, las que resultan de la comparación de la cronometrada del primer día, pues en estos desempates no se estiman las cronos por equipos. Un parpadeo. Y diría que una pena si no fuera porque este es el Tour del “según se mire”.

Al igual que sucedió el día anterior con el abanico, el mundo del ciclismo se volvió a dividir ayer entre los partidarios y los detractores de Armstrong. Para los primeros fue divertido que el arrogante americano (ahora enemigo de nuestro Contador) se quedara con un palmo de narices. A los otros les pareció una lástima que su regreso no se haya culminado con un liderato histórico.

El debate continuará, al menos, hasta el próximo viernes, cuando en la ascensión de Andorra-Arcalís (y sin la oposición de Cancellara), Armstrong defienda sus 19 de segundos de ventaja sobre Contador. Esa tarde no queden con nadie.

El panorama se dibuja así porque Astaná ganó la crono por equipos con 18 segundos sobre el Garmin y 40 sobre el Saxo Bank, el mismo tiempo que defendía el líder suizo. Si atendemos a otros equipos, Caisse de Epargne cedió 1:29, Cervélo 1:37 y Silence 2:09. Traducido el resultado a la general, los favoritos se sitúan como sigue: Contador a 19 segundos, Kreuziger a 1:31, Andy Schleck a 1:41, su hermano Frank a 2:17, Sastre a 2:44, Evans a 2:59 y Menchov a 3:52. Eso, sin contar, a los agentes libres del equipo Astaná: Klöden a 23 segundos y Leipheimer a 31.

El balance general favorece extraordinariamente a Alberto Contador y a su equipo, ya entendamos al Astaná como una empresa con un fin común o como una reunión de colegas vestidos del mismo color. Bruyneel tiene su noveno Tour en la mano, en la izquierda, para ser exactos.

Sastre y Evans, primero y segundo en la pasada edición, son los evidentes damnificados. Sus opciones pasan ahora por un asalto colosal y repetido que debería comenzar cuanto antes y en cualquier esquina. Nadie ha pagado tan caro como ellos la especialidad que más castiga las opciones individuales y la escasez de medios. Hasta Christian Prudhomme, organizador del Tour, lo reconoce: “Sigue habiendo una parte de injusticia que me molesta un poco”. Pues pudo evitarla.

Trampa.
La etapa fue, por lo demás, una trampa para los equipos en formación de relevos, convertidos en tráilers sobre un circuito estrecho y sinuoso. Bastantes se fueron al suelo, entre ellos Menchov, y muchos amenazaron con irse.

Entre los tres primeros clasificados la lucha se libró con armas diferentes. Saxo Bank se confió a los larguísimos relevos de Cancellara y Garmin se la jugó desde la mitad del recorrido con sus cinco mejores ciclistas, los justos para homologar un tiempo. Astaná corrió más organizado, empujado por la clase infinita de los gallos que habitan el corral. Sólo en el último kilómetro Armstrong y Contador se sucedieron en los relevos, sin compañeros de por medio, aliados en un mismo propósito por vez primera y quizá única.

Al cruzar la meta, los jueces se tomaron unos segundos en repasar los decimales, mientras Armstrong felicitaba con un choque de manos a todos los integrantes del equipo, incluido Contador. Luego se supo que Cancellara seguía con el jersey que tanto respeta.

Así es la vida: a los 37 años y cuatro veranos después, Lance Armstrong perdió el que hubiera sido su 84º maillot amarillo por solamente 22 centésimas. Un suspiro. El suyo, concretamente.

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